Libro verde
Sobre un libro que envejeció rápido, y por qué valdría la pena escribir otro.
…las recién formadas envejecen antes de poder osificarse.
Pienso en un libro verde. Uno que compré cuando tenía doce o trece años, saliendo del colegio, en un antiguo bazar de la Marina de Guerra, en Bellavista. No recuerdo su nombre. Sí que era muy, muy verde y que prometía enseñarme todo sobre Internet. Tendría que ser 1997 o 98, y una explicación sobre qué era Internet resultaba más que bienvenida. El libro lo intentaba en cinco o seis páginas de una historia (bastante olvidable) de Internet y luego unas ciento cincuenta páginas con direcciones de webs a las que uno podía ingresar. Aprender alguna cosa, perder el tiempo. Era, básicamente, como una antigua guía telefónica (ese otro objeto arqueológico), pero adaptada al internet.
Y, como las antiguas páginas amarillas, el libro dejó de tener sentido pronto. Debo haberlo usado unos meses. Me sirvió para descubrir AltaVista, alguna página sobre música, juegos en línea. Pronto Yahoo, Google, la explosión de tantas páginas DIY hicieron innecesario un libro así. Dejando de lado lo apurado de esa edición, con sus hojas que caían y volaban tan rápido, estos días recuerdo con empatía el esfuerzo. Admito su pretensión de explicar Internet en 1997. Antes de la burbuja puntocom, antes de las redes sociales, antes de que Internet fuera consumido por LLMs.
Por supuesto, hay otras formas de imaginar un libro verde. Por ejemplo, como documento-provisional-que-permite-orientar-una-discusión-de-política-pública. O como el libro que los afroamericanos utilizaban para saber dónde podían alojarse, comer o detenerse con cierta seguridad en medio de la violencia racista en Estados Unidos. En ambos casos hay algo de incierto, de mapa para orientarse en el terreno hostil.
Pero mi libro verde, el de 1997 o 98, uf. Qué empresa más condenada al fracaso.
La alternativa habría sido callarse. Esperar diez años, mirar con calma el panorama. El problema es que, para entonces, el mundo ya habría cambiado varias veces. Podrías terminar una investigación impecable sobre Internet precisamente cuando el Internet estudiado dejaba de existir. (O podrías ser un genio, tipo Manuel Castells, y dar pistas que todavía me sirven hoy. Pero ese sería otro post.)
Yo recuerdo mis plugins de Winamp, o Napster, blogs de música con discos enteros o mi asombro cuando llegó Spotify. Tanto cambio en una vida.
Así que he pensado bastante en aquel libro verde, mientras gasto más tokens de los que me siento cómodo admitiendo, y trato de entender qué está pasando con la inteligencia artificial. No sé qué debería estar aprendiendo Pablo (casi, casi ocho años). Menos qué debería estar aprendiendo yo, o qué debería dejar de olvidar por delegarlo feliz (lo peor es que feliz) a la IA.
Pero, ya que se supone que haciendo sociología del trabajo debería poder decir dos o tres cosas ordenadas sobre valor, poder e incertidumbre, no debería solo lamentarme. El mantra sería algo como que me interesa mucho, mucho menos predecir el futuro que entender cómo actuábamos mientras estuvo abierto.
Este es un post condenado a la obsolescencia. Estos días casi todo me parece un poco condenado a la obsolescencia.
Pienso en un libro verde. En escribir un libro aún verde. Uno que hable de una tecnología, instituciones y prácticas que no están, felizmente, del todo definidas. Que sea un guiño a documentos que no pretenden cerrar una discusión, sino solo ayudar a pensar qué decisiones tomar. También pienso en un libro que genere nostalgia. Mi libro verde sería algo así como nostalgia del futuro. El libro que compré hace décadas en Bellavista funcionaría (si lo tuviera aún) como una ventana hacia un momento en que el mundo estaba abierto. O como un recuerdo de que todo siempre lo está un poco.