Pepino de mar

Tú, como todos, eres lo que ocultas.

José Emilio Pacheco, «Caracol»

Inicia septiembre, y he comprado libros en Guadalajara. Vengo leyendo uno en el avión de vuelta a casa, y estoy seguro de que la gente me mira como a un sujeto extraño. El pelado del maletín lleno de libros ha elegido uno que parece estar contando chistes, aunque a veces también parecen dramas. Se trata de Canción de tumba, de Julián Herbert. Me parece increíble, pero esta no es una reseña. (Y sin embargo, por ejemplo, no puedo dejar de pensar en una escena de clientes fastidiados con mozos que se desviven en cortesías y disculpas mientras la comida no llega. De pronto, el protagonista reniega de la Revolución mexicana, que ha fracasado porque «las verdaderas revoluciones tienen como principal objetivo volver déspotas y maleducados a los meseros». Mierda).

Pero me desvío. Mi escena favorita es la del pepino de mar. El protagonista le cuenta a su pareja no pocos recuerdos dolorosos. Es su forma de hacerse conocer, una que casi suena a confesión. Ella lo llama «un hermoso pepino de mar». Luego busca un libro que tiene desde niña y le lee cómo el animal expulsa las entrañas en situaciones de peligro. Después lo abraza. «Ven, pepinito. No me tengas miedo. Cuéntame ahora un recuerdo feliz». Ese raro equilibrio entre ternura y brutalidad que me fascina del libro.

La escena me golpeó porque creo ser un antipepino de mar. He publicado muchos más artículos de los que jamás habría pensado. He dado entrevistas y he escrito y editado libros. Sin embargo, hasta ahora no tengo una página web, ni un blog, ni una cuenta con mi nombre en X. Solamente hablo de mis papers cuando me toca presentarlos. E incluso en ese momento suelo tener nervios y ganas de correr. Una vez que acabo un texto, además, comienzo a encontrarle tantos defectos que vuelvo a esa frase de Alejandro Zambra. «Prefiero escribir a haber escrito». Yo prefiero guardarme, y guardar mis entrañas tanto como pueda.

Pero la escena del pepino de mar funcionó como agua fría. Desde hace varios meses vengo preocupado por cómo la inteligencia artificial está alterando las formas de producción y consumo de ideas, especialmente académicas (pero en general ideas). Mi pregunta usual en estos días, cuando le puedo decir a un chatbot qué estoy pensando, para que me ordene intuiciones, es qué papel tiene la escritura y qué lugar debería, podría o quisiera tener yo frente a ella. Este cuaderno acaba siendo mi intento de respuesta. Ser un (poco) pepino de mar. Al escribir en público («público», porque no me imagino avisando a nadie de esto) las ideas que ya suelo poner en Obsidian, creo que me voy a forzar a pensarlas un poco más. O quizás termine leyéndome solamente GPT, pero por lo menos habré elegido qué dejar de guardarme. Como un caracol que a veces sale a contar algo.